Del saber al sabor y la lectura

febrero 9, 2012 en Artículos, José Arturo Durán Padilla

El saber también es un asunto de sabor. Tener un buen amor representa también la oportunidad de darse gratas recompensas de conocimiento, por lo que no hay nada como una completa jornada que empiece al calor de la cocina y termine al fuego de la alcoba o echando mano de un buen libro. El paso de la cocina al lecho o a una buena lectura se asegura al organizar las dosis, los calores y sabores de la carne, al encontrar el equilibrio adecuado entre el apetito y la gula. Ambas tareas, el comer y el amar, convocan a la boca, a las palabras y terminan inevitablemente en el regazo, en el reposo, en el sueño.

Preparar los manteles de la mesa es como extender y acomodar las sábanas del lecho amoroso, como recorrer las páginas de los libros. Acercar la comida con las manos, sorber jugos y vinos, el esperar el encuentro de la boca con revolturas de olores de consistencias amargas, de caldos dulces y salados, no son más que ensayos de una experiencia concupiscente al servicio del paladar y de una buena lectura.

La combinación de los sabores transforma a los aromas y a las consistencias originales, en contrastes que tienen el fin de traspasar la mera necesidad de saciar el hambre, de cubrir las cuotas básicas de alimentación. Posibilita probar que la sopa, las bebidas, la comida misma y su degustación tienen un espacio vital en el tiempo. A lo largo de la historia, la comida ha tenido el encargo de cumplir con las tareas de una gran celestina, una obesa alcahueta que hace de la vida de la pareja una pasión obsesiva por la exploración gustativa.

En la comida, en el amor y en la lectura  somos más nosotros. En la vida somos lo que comemos o dejamos de comer, somos lo que amamos o dejamos de amar. Ambos casos son, con todas sus cualidades, dos ventanas que permiten vincularnos mejor con nuestros semejantes y con lo que nos rodea. Sabemos que la naturaleza ofrece una amplia fauna y flora para darse los adentros. A su vez, la cultura permite la revoltura de calores y condimentos, así como el uso de instrumentos especiales con los que se trasforma lo natural para moler la harina, hacer el caldeo, el horneado o provocar las levaduras más deseadas.

Sin embargo, la vida de hoy contradictoriamente reduce las posibilidades de percibir la exquisitez de lo natural. La entrega a domicilio de hamburguesas, refrescos, pollos en cajas o inmundicias artificiales elimina al gusto. El desagrado priva y ahoga como precio a la prisa. La insipidez o la artificialidad de sabores llegan al colmo de confundir entre lo que se come y lo que alimenta.

El chisme ha propalado desmesuradamente que los mariscos son afrodisíacos. El comercio y las incapacidades sexuales han hecho un mal favor a los mariscos olvidándose que su grado de digestibilidad depende del estado en que se consumen. Dejándonos de tonterías, cuando se comen frescos los pescados, ostras, almejas o erizos son simplemente exquisitos, y eso es una buena ganancia.

El propósito es disponernos entonces a disfrutar un alimento crudo o cocido por la acción del fuego: alcanzar el calor de un horno y el calor de un cuerpo al contraste con el frío de las cosas. Hemos gozado de la alimentación, sabemos que el comer es humano y que digerir es divino. Hoy difícilmente reparamos entre lo crudo y lo cocido y nos sorprendemos al saber que la verdad es tan simple como alguna vez Goethe dijo: “oxigenar pulmones, eliminar tóxicos, reponer las fuerzas gastadas. La buena comida es sinónimo de buena alimentación, fuente de entusiasmo”. Sin demagogias ecologistas, habría que darnos en viajes a bosques, lagos, montañas, playas o mares.

Me despido. Al igual que en el amor y en los sabores, en el juego de las distancias, más que la extensión prefiero la profundidad. Estoy convencido que mucho hay que hacer en la mesa y en la cama. En la mesa se come y en la cama se hace el amor. Al comer el hombre sobrevive y se alimenta, al hacer el amor se reproduce y existe. Ambas son condiciones de la continuidad de la historia, de la vida misma, la de nosotros los humanos.