Crisis de los partidos y redes sociales

febrero 19, 2011 en Artículos, José Arturo Durán Padilla

En la década de los años ochentas del siglo pasado el desprestigio de los partidos políticos era un sentimiento manifiesto y generalizado. Ante la incapacidad para colocarse a la vanguardia de los cambios sociales, los partidos se mantuvieron alejados de la ciudanía y de sus reclamos. En América Latina, esta separación quedó marcada ante la aparición de múltiples movilizaciones por demandas de carácter urbano. Dos causas que explican la extensa distancia entre partidos y sociedad se encuentran en las prácticas de corrupción de las organizaciones y en el abuso político de sus dirigentes.

No extraña que los partidos sean vistos como rémoras parásitas o agencias de contratación para cargos en los congresos, sin que se les exija transparencia suficiente sobre los recursos públicos otorgados. Como resultado, los ciudadanos no muestran ánimos de participar, ni tampoco de incorporarse a los trabajos de los partidos. Rezagados en un terrible pragmatismo, sin ideología propia que los defina o echados al oportunismo de los intereses particulares, hoy los partidos contemplan la formación de nuevas reacciones sociales. En efecto, el desarrollo tecnológico en las comunicaciones de las décadas recientes ha propiciado un contexto favorable a la difusión de iniciativas y a la multiplicación de nuevas prácticas colectivas.

En torno a la llamada social media se construyen redes sociales organizadas a partir de los recursos que ofrece la tecnología de la comunicación. Para los más optimistas, la social media permitirá incorporar la iniciativa ciudadana, convirtiéndose en trabajo colectivo. Las motivaciones surgen del contraste. En la política tradicional de los partidos prevalecen jerarquías verticales, la comunicación es estática y unidireccional. El poder central concentra las decisiones y marca el predominio de elites excluyentes haciendo que los éxitos o fracasos sean resultados individuales.

Frente a este esclerotizado campo de operación, el activismo de las redes sociales promete formar organizaciones horizontales, comunicar por múltiples canales, crear consensos colectivos y fomentar la participación de asociaciones que involucren a un número mayor de demandas. En las redes sociales no sólo se recibe información, sino se intercambian opiniones y se forman comunidades. Entre las más avanzadas, no se responden preguntas sino se comunican mensajes. Es de suponer que en este esquema, la red dejará de ser una fuente de información para convertirse en un motor de opinión y de participación.

Una muestra del potencial de las redes sociales es la capacidad adquirida por algunas páginas electrónicas que aprovechan el trabajo y la creatividad de sus usuarios. The Economits para Media Convergence Forum reporta, que en sólo dos meses, Youtube ha publicado más horas de video de lo trasmitido por la BBC y NBC desde 1948. El discurso comienza a mostrar evidencias. Redes como Flickr, la cual difunde fotografías e imágenes, o Twitter, se suman al correo electrónico, a los mensajes por celular, al radio por Internet, a las páginas web y a los programas en vivo multiplicando la comunicación cotidiana.

Así el uso de las redes sociales no se instala como un recurso privilegiado de países ricos, sofisticados o altamente desarrollados. África y Asia son ejemplos de lugares donde se desarrollan aplicaciones inteligentes con bajos costos. En México, usuarios entre 15 y 24 años, pasan en promedio 32.7 horas en línea al mes, lo que significa 8 horas más que los usuarios mundiales de la misma edad, y muchos de ellos participan en redes comunitarias. Esto hace pensar que las redes no sean una moda tecnológica ni sólo un artículo de recreo, sino un vínculo colectivo que está sustituyendo las relaciones tradicionalmente cerradas.

Es indudable que la digitalización está influyendo en la acción política en un mayor grado que en épocas pasadas. Se entiende que la participación de la ciudadanía es más una realidad activa porque sus efectos se vinculan a la opinión, critica y vigilancia a las acciones de los gobiernos. Pero las redes sociales que hoy propicia la tecnología y la comunicación no son mucho más de lo que ya sabíamos. Un grave error será pensar en virtudes extraordinarias de algo que resulta extraordinariamente ordinario.

Como base de toda conducta, los vínculos entre los individuos también son informales, inestables, no siempre crean compromisos permanentes ni tampoco entregan su voluntad a cambio de guiarse por principios colectivos fraternales o solidarios. Empleadas con inteligencia y responsabilidad, el desafío debería evitar que las nuevas redes se limiten a funcionar como simples modelos de consumo de información o se impongan como maneras frívolas puestas al servicio de reacciones antisociales.