Tecnología y lenguaje

febrero 4, 2011 en Artículos, José Arturo Durán Padilla

Cada vez más el mundo discute acerca de las dificultades para entender las nuevas formas de intercambio de información. No es casual, una nueva tecnología invade los espacios de la vida cotidiana en todas partes y crea pautas de singulares comportamientos. El efecto se multiplica y expande de modo vertiginoso. Por ejemplo, el empleo de los hornos de microondas ha contribuido a modificar los horarios y los patrones de comida entre las familias.

El cambio comenzó hace tres décadas y apunta hacia un proceso irreversible. Mucho de esta tecnología presupone servicios móviles, usuarios activos y proveedores dinámicos. En una nueva relación entre tecnología y usuarios, la inmediatez supera la prontitud, la novedad se impone sobre la funcionalidad y, en el extremo fatal, la frivolidad desborda la necesidad. Como efecto de la tecnología, el lenguaje constituye uno de los campos más proclives a la ocurrencia de profundos cambios.

En el pasado, el desarrollo de la ciencia y el avance tecnológico conservaron estrictos procedimientos para establecer nuevos conceptos o palabras. En el descubrimiento de los elementos de la tabla periódica, la química rigurosamente tomó como base las raíces griegas o latinas. Por este procedimiento, a la plata se le identificó con la derivación latina argentum, al tratarse de un metal blanco y brillante maleable y capaz de conducir electricidad.

A principios del siglo XX la ingeniería eléctrica y los avances en la transmisión de voz impondrían cambios radicales. La invención del teléfono vinculó los vocablos tele y fono para designar un aparato que permite la comunicación distante. Cada uno de los vocablos surgidos de los trabajos científicos o sugeridos por el desarrollo tecnológico, mantenía una relación apegada a una tradición lingüística y difícilmente aceptaba ambigüedades.

No obstante, el vertiginoso desarrollo tecnológico está alejándose de esta tradición. En la vida cotidiana los efectos de la ruptura están marcando grandes distancias entre los consumidores y las personas que no emplean esta tecnología. En un mensaje de la BBS, Scott Fahlman de la Universidad Carnegie Mellon propuso en 1982 el uso de signos ortográficos para las conversaciones informales.

A la postre, este tipo de iniciativas sentarían las bases de lo que hoy se conoce como emoticones. A través del correo electrónico, de mensajes de telefonía móvil o en las conversaciones en línea, los smileys, las caritas o emoticones, se comenzaron a organizar símbolos para expresar con rapidez y en broma distintos estados de ánimo.

Desde entonces cada generación de dispositivos o aparatos electrónicos surgidos en el mercado han promovido la introducción de nuevos vocablos o la deformación de otros. Nadie puede negar que el lenguaje sea un cuerpo vivo y dinámico que se construye cotidianamente. Pero tampoco, nadie puede omitir que desafortunadamente se han cometido excesos. El consumo de tecnología ha cobrado nuevos caminos. Hoy los efectos por el uso de tecnología, sin duda, crean incertidumbre en la manera de conducir u organizar los procedimientos educativos. Agobiada por el rezago acumulado durante muchos años, la educación enfrenta grandes dificultades.

Algunos consideran que este tipo de tecnología no afecta al lenguaje tradicional. Para este tipo de opiniones, la aparición de nuevas palabras permite precisar aspectos inexistentes del habla. En ese sentido, se cree que el lenguaje tradicional logra complementarse al llenar vacios que designan las particularidades que no pueden enunciarse por las palabras convencionales.

Por otro lado, el uso de teclados sustituye a la necesidad de una mejor caligrafía, la facilidades de calculadoras inhibe el desarrollo de la aritmética, las conversaciones son menos convencionales y el lenguaje perece ante el abuso de barbarismos que se ocultan como neologismos o xenismos.

En la educación la brecha entre alumnos y profesores es cada vez más significativa sin que aún quede clara la manera de conciliar las diferencias surgidas en las aulas. La confrontación se multiplica. Tareas copiadas de páginas de Internet, el empleo de celulares para defraudar la solución de exámenes, o la incorporación de vocablos incomprensibles para los profesores, se suman a los retos que debe enfrentar la educación.