Los Límites

marzo 9, 2011 en Artículos, Esmeralda García Ladrón de Guevara

En el año 1934 se publicó la primera edición de una obra que, hoy en día, pudiera motivar desde los comentarios más frívolos hasta los más profundos. Me refiero al “Manual de urbanidad y buenas maneras de Manuel Antonio Carreño, comúnmente referido como el Manual de Carreño.

Los preceptos plasmados a lo largo del manual caracterizaron las conductas de aquellos que se ostentaran como civilizados, decentes, cultos o correctos en un ambiente de evidente conservadurismo. En sus capítulos se abordan los deberes morales del hombre ante Dios, la sociedad, nuestros padres, nuestra patria, nuestros semejantes y con nosotros mismos; no sin olvidar, los principios del aseo, el modo de conducirnos dentro de casa, en el templo, en la escuela, en los establecimientos públicos, en los espectáculos y en los viajes.

Si alguna vez le ha inquietado la elección de un tema de conversación, la manera de llevar la misma o la atención que debe prestarse a aquellos con los que platica, así como de la oportunidad de realizar una visita, de la duración de la misma o salir adelante en el incómodo momento de una fiesta o un funeral, el manual aún puede serle de gran utilidad.

En esta época, nuestro país pasaba por momentos significativos. Con instituciones políticas aún en transformación post revolucionaria, las secuelas de la Gran Depresión del 29 en Estados Unidos de América y sus consecuentes redefiniciones políticas con Franklin Delano Roosvelt; en México, se daba fin al periodo del Presidente sustituto Abelardo L. Rodríguez para dar inicio al de Lázaro Cárdenas del Río del entonces Partido Nacional Revolucionario (PNR) hoy PRI, se establecía el salario mínimo, se creaba el Fondo de Cultura Económica y se aprobaban reformas a la Constitución para establecer la educación socialista.

El Manual de Carreño rescata principios atemporales tales como el tacto social y la urbanidad, fundamentales para sostener el orden, la armonía y la legitimidad de las relaciones sociales. En su primer párrafo insinúa que, sin el conocimiento y la práctica de ciertas normas de convivencia, no puede haber entre los hombres paz, felicidad o aspiraciones para constituir y conservar cualquier sociedad.

Lo anterior nos lleva a que, independientemente de los preceptos morales, religiosos, culturales o políticos de las sociedades contemporáneas, no deben perderse de vista los límites con que cada uno de nosotros debemos dirigirnos y no nos referimos tan sólo a los legales o normativos, sino a los sociales y comunitarios. Un célebre liberal mexicano, Benito Juárez, proclamaba en 1867 que “Entre los individuos, como entre las Naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

La decencia y la moderación referida por Carreño no son ajenas a los límites discutidos, su concepción como virtud asociada al comercio de la vida y cristalizada por la urbanidad, son y seguirán siendo instrumentos esenciales para la subsistencia de la humanidad.