Lecturas desde el fondo de la taza de café

marzo 27, 2012 en Artículos, Martha Elena Nava Tablada

México ocupa el séptimo lugar mundial en producción de café y es líder en café orgánico y de comercio justo. Aunque a partir de 1990 el café perdió peso en las exportaciones mexicanas, es una fuente importante de divisas agrícolas. Además, la cadena de producción y comercialización de café es la segunda actividad agrícola nacional en cuanto a generación de empleos directos e indirectos, sólo superada por el maíz.

La actividad cafetalera nacional se concentra en los estados de Veracruz, Chiapas, Puebla y Oaxaca, con un predominio de pequeños productores con cafetales bajo sombra. Veracruz ocupa el tercer lugar nacional en producción de café bajo sombra. Regiones veracruzanas como Córdoba y Coatepec cuentan con reconocimiento mundial por la calidad de su producto y juegan un importante papel ecológico, conservando el bosque de niebla, un ecosistema con gran biodiversidad.

A pesar de la vocación cafetalera del país, durante la última década del siglo XX, a raíz de la desregulación del mercado internacional de café y su control por transnacionales, la sobreproducción mundial (ocasionada, entre otros factores, por la entrada a la cafeticultura de países como Vietnam, que en 10 años se convirtió en el tercer productor global) y el estancamiento del consumo, los cafeticultores mexicanos redujeron su producción, su ingreso y nivel de vida.

La crisis mundial del café ha repercutido negativamente en las regiones cafetaleras mexicanas, donde actualmente se observan problemas tales como: pérdida de empleos, aumento de la migración, abandono de las plantaciones, impacto ambiental por la tala de cafetales para cambio de cultivo y urbanización, alta incidencia de plagas y enfermedades que afectan la calidad del grano, bajos rendimientos y drástica caída del nivel de vida de los pobladores rurales que dependen de la cafeticultura.

La crisis afectó sobre todo a los pequeños productores, debido a la divergencia entre el precio pagado por el café cereza y el costo que se cobra al consumidor por el café tostado o en taza, el cual mantuvo una tendencia creciente que benefició a las empresas que controlan la comercialización. Dicha disparidad no se revierte aún en años como 2011, donde el precio del café tuvo un importante repunte, pero poco benefició a los pequeños cafeticultores que tuvieron baja producción, reflejo de las crisis recurrentes.

Dado que los pequeños productores no pueden basar su futuro en un mercado volátil, es necesario consolidar estrategias de largo plazo tales como la búsqueda de mercados diferenciados, mejora de la calidad, generación de valor agregado, fomento a la cultura de consumo nacional, diversificación productiva mediante cultivos alternativos. Aunque dichas experiencias cuentan con casos exitosos, están lejos de resolver la situación crítica del grueso de pequeños cafeticultores, por ello la reactivación del sector cafetalero no puede dejarse sólo en hombros de los productores, sino que debe ser apoyada por una política gubernamental que asuma el compromiso de transformar en futuro prometedor, el incierto destino que desde hace varias décadas se descifra en el fondo de la taza del café mexicano.