¿El poder de los intelectuales o los intelectuales en el poder?

febrero 19, 2013 en Artículos, José Luis Rosario Pelayo, Nuestros Alumnos

La solución a los problemas políticos no siempre tiene consonancia con los postulados desarrollados por la clase intelectual. Dicha situación, arraigada en México, también puede observarse como un leit motiv en otros países latinoamericanos. Parece haber cierta rivalidad, contradicción de ideales entre el conocimiento de la clase intelectual y el poder de la clase política gobernante. Dicha contradicción pudo notarse en los resultados posrevolucionarios de nuestro país, después de la lucha armada de 1910. El país necesitaba un proceso de reconstrucción, no sólo política y económica, sino intelectual y educativa que le dieran a la “nueva nación” elementos de legitimación.

En las posteridades de la Revolución, Enrique Krauze en su libro Caudillos culturales en la Revolución Mexicana menciona que en la atmósfera de los intelectuales posrevolucionarios, en especial la del grupo de los siete sabios se “discurren proyectos nacionales para el país, proyectos generacionales para el propio grupo y proyectos personales con el tipo de función que cada uno hubiera querido desempeñar. Esos proyectos chocan con una realidad que no se rige demasiado con las ideas sino con las armas”[1]. Aunque, los proyectos de aquellos siete sabios no necesariamente coincidían con la situación política del país, eran necesarios para otorgar un orden técnico.

¿En qué medida eran necesarios los conocimientos intelectuales para la construcción de una “nueva nación”? ¿Existe una pugna constante entre el pensamiento intelectual y la construcción del imaginario político en nuestro país? Y cito una pregunta de Krauze: ¿Puede un hombre de libros, un hombre de preocupaciones inteligentes, incorporar sus conocimientos a la acción para construir, a partir de ellos, el buen poder?[2] Desde luego, debemos entender que el poder político no puede resolverlo todo, el nacionalismo posrevolucionario necesitó, inherentemente, una intervención del pensamiento intelectual.

Dicha intervención se enfocaría a legitimar el nuevo Estado, crear un nacionalismo, que es “la idea de una unidad congruente entre el Estado y la sociedad cuando ambos se apropian de un determinado espacio físico, o que se manifiesta a través de valores económicos, políticos, sociales y culturales compartidos”[3]. En efecto, se piensa que los proyectos de nación atienden a intereses políticos, más en el sentido partidista que del “bien común”, la influencia que ha tenido la clase intelectual en el imaginario social determina una actitud que impacta tanto en la clase más baja, hasta la más alta, respecto a su situación económica.

“Para estos intelectuales, el constante razonamiento de las cuestiones nacionales es el verdadero camino que les permite plantear solución a los problemas sociales o dirimir los principales mecanismos que conforman los elementos unitarios de la nación”[4]. La clase intelectual tiene entonces, entre sus manos, entre sus mentes, la construcción de un pensamiento nacional, generalizado, que va marcando pautas a través de comportamientos y actitudes que pueden desembocar en el desarrollo de un proyecto que al final de cuentas, legitime al gobierno en turno.

Podemos afirmar, entonces, que el objetivo de un proyecto de nación no es otro que el de la legitimización del poder que lo está construyendo, y no podría serlo de otra manera. Sin embargo, se dice que si los intelectuales y los artistas olvidan la esencia de su trabajo, atenderían a intereses políticos que llegarían a perderlos en la búsqueda de intereses ajenos. Octavio Paz menciona que “la ‘inteligencia’ mexicana, en su conjunto, no ha podido o no ha sabido utilizar las armas propias del intelectual: la crítica, el examen, el juicio”[5].

El conocimiento nutre al poder para que se inserte en el alma colectiva que definió Antonio Caso. Éste filósofo incorporó la idea de la nación conformada por valores subjetivos, implantados en el alma colectiva. Pero si bien, existieron y existen elementos compartidos que nos otorgan identidad como nación, la influencia del aparato estatal también incide en la aprehensión que como sociedad, tengamos de esa nación, legitimándola según los beneficios que obtengamos de esos valores.

[1] Krauze, E. Caudillos culturales en la Revolución Mexicana¸ México, Siglo XXI, 1990, p. 15.

[2] Ibídem, p. 18.

[3] Chávez G, Mónica, “Antonio Caso y los paradigmas de la nación mexicana”, en: Cuicuilco, volumen 11, número 30, Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), Distrito Federal, México. p.2

[4] Ídem.

[5] Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, p. 171.