Los Avatares del Trabajo Colaborativo: el papel de la tolerancia y la superación de la otredad

diciembre 11, 2012 en Artículos, Aurora Margarita Pedraza López, Nuestros Alumnos

Aprender a trabajar en equipo representa un reto para la mayoría de la gente. El trabajo en equipo o groupware es todo un desafío, en particular en un mundo donde la globalización y el individualismo son la regla.

Las exigencias de manejo de grandes empresas, de proyectos de marcada extensión, de problemáticas difíciles de acometer por un sólo individuo/ región/ nación debido a la escala de la mundialización, demandan el desarrollo de habilidades dentro del campo de la colaboración, mismas que determinan la necesidad de asumir diferentes roles, llevar a cabo gestiones y otra diversidad de tareas que requieren la presencia de tres valores fundamentales: la tolerancia, la paciencia y la empatía.

El instinto domesticado a través de la relativización de los valores – la tan traída y llevada “decadencia de valores”-, sumado al “lassez faire, laissez passer” dictado por la economía que se filtra en cada uno de los poros, prepara un terreno fértil para sembrar de obstáculos el camino que de modo natural (sentado el hecho que la especie humana es gregaria y por ende colaborativa por naturaleza) conduciría al trabajo en grupo.

¡Difícil arte éste de la conciliación y la comunión de intereses y de ideas! Se suele decir que “cada cabeza es un mundo”. Quizá habría de precisarse que, más que un mundo, es un universo. De esta suerte, pueden atisbarse los primeros esbozos de dificultad. La confrontación de opiniones suele transformarse en una lucha de egos. No es la prudencia ni la racionalidad la que gana por arbitrio: hay involucrado más que ello. Y si hay intereses de por medio – y siempre los hay -, las discusiones suelen ser encarnizadas.

¿Cuál es entonces la vía que ha de seguirse para obtener de estas confrontaciones un saludable resultado?

En el buen ánimo, ante una buena contienda, hay que ser un buen contendiente. Y ser un buen contendiente, implica ser un caballero de armadura: honesto, con ciega confianza en la justicia y humilde además de valiente.

Es en esta justicia a partir de la que se sienta infraestructura para la imparcialidad. Y dentro de este campo de imparcialidad es menester la igualdad entre las partes: una para ti, una para mí. Es el “uno por uno” que proclaman las vialidades. Porque en la medida en que el individuo se ve y se comprende igual más allá de lo circundante, en las mismas entrañas del ser, es más capaz de conceder al otro lo que uno mismo se concede: el derecho de ser oído, atendido, entendido y aceptado, no ciegamente, sino críticamente. Y es en la medida en que se atiende, entiende y acepta al otro, en que se deja de verle hacia afuera, distante y ajeno y se le percibe como parte de un todo (que involucra no sólo a él sino también a uno mismo), como se deja de mirarle como “otro”, se vuelve “uno” y adquiere un valor al mismo nivel.

Es el momento para echar mano de la humildad, escuchar las propuestas y disentir o hallarse en acuerdo, siempre con atención a la posibilidad de encontrar nuevas formas, nuevas opciones que otorguen el equilibrio del dar y obtener para lograr consensos.

Por supuesto, lo anterior son palabras y se dicen fáciles. “Por tus hechos te conoceré”, reza la Biblia. El tránsito entre el verbo y la acción dista mucho de ser plácido. Y lo es mucho menos cuando el consenso que se busca es entre varios puntos de vista. Aquí se aplica aquello de “directamente proporcional a”: entre más enfoques distintos, más difícil resultará conciliar una opinión. Pero la dificultad no ha de generar parálisis. Antes bien, debe nutrirse de la multiplicidad de opciones para hallar un cauce fortalecido que desemboque en un “buen fin”.

Tolerancia es la palabra clave para que las barreras y fronteras de relación y comunicación caigan en derredor. No se trata de pretender la tolerancia, de desearla. Se trata de necesitarla en la vertiginosidad de los tiempos actuales.

La tolerancia se deriva de la pluralidad y de considerar al otro en un margen de diversidad que alienta el interés antes que la crítica mordiente.

La tolerancia como proceso involucra un replanteamiento de los límites, de los márgenes que se está dispuesto a conceder. Un examen riguroso de los esquemas valorativos y el esplendor de la conciencia que indica que, a fin de cuentas, no es vano el esfuerzo para superar las diferencias en aras de la armonía, constituida como vía para alcanzar el bienestar y que genera la disposición para emprender un esfuerzo de colaboración a cualquier nivel en vista a un objetivo anhelado.

En este marco es que ha de sustentarse cualquier modelo de colaboración o de trabajo en conjunto, llámese participativo o de otra índole.

La problemática pues, es la generación de conciencia, de disposición y buena voluntad, aun cuando ello suene pueril. Se trata de alcanzar la normatividad interna que provea para el viaje un buen sustrato de entusiasmo, esfuerzo y flexibilidad para encarar las divergencias que habrán de presentarse en la difícil – pero no por ello imposible – tarea del trabajo colaborativo.