Acerca del Individuo Funcional

febrero 11, 2011 en Ángel Porfirio Romero González, Artículos

En la actualidad, podría especularse, se ha intensificado un fenómeno cultural de alcance necesariamente global: la aparición de un prototipo de Hombre diametralmente distinto al que dominó la escena social durante siglos. Esta nueva variedad humana se caracteriza por amoldarse perfectamente al desarrollo de las fuerzas productivas imperantes, cuyos rasgos predominantes consisten en entablar una relación simbiótica con los diseños educativos y con los patrones institucional-formativos dominantes tanto en el Estado como en la llamada sociedad civil, pero sobre todo y de manera por demás relevante, con los procesos tecno-científicos preponderantes y de los cuales al parecer, no hay escapatoria alguna.

Por supuesto este tipo de especulación o intuición fenomenológica no es nueva. Es fácil comprobar por otros medios, por ejemplo, que el hombre históricamente nunca ha sido el mismo: cuando los sistemas y estructuras de producción económica -y sus correlatos políticos y sociales-, obligan a la conformación de individuos esclavos, se establecen casi de manera inmediata y natural en nuestras conciencias, relaciones sociales, enunciados jurídicos y legitimaciones ideológicas que los vuelven digamos, habituales. Los mismos mecanismos se imponen en la conformación de siervos, proletarios o pequeñoburgueses, por mencionar sólo algunas categorías sociopolíticas conocidas o aceptadas por los gremios del saber.

No obstante, desde los años sesentas, por lo menos en el Occidente avanzado, comenzó a configurarse con mayor claridad e intensidad este nuevo tipo de hombre que se incrusta perfectamente en los procesos de producción de servicios e imágenes que parecen dominar el escenario mundial. Tal portento de hombre, cuyo origen se pierde en las penumbras de los miserables escenarios fabriles del Progreso, podríamos denominarlo (si me lo permiten y sin el menor ánimo de denostar), como “analfabeta funcional”.

Dicho espécimen parece expandirse de manera irresistible por todos los intersticios del orbe cada vez más interrelacionado económicamente y por lo mismo, ideológicamente. Y así como el siglo XVIII construyó al ciudadano moderno, cosmopolita libre e iluminado (quiero decir, educado), a partir de ciertos discursos teóricos de carácter igualitario y conspiraciones de cofradías francamente aristócratas (como las que se perpetraban en la Abadía de Saint-Germain), presto para construir su racional destino, así, en la época contemporánea, surgen los hombres casi podríamos decir que sonámbulos, que repiten burdamente los patrones culturales predominantes.

Usted, amigo lector, me disculpara por lo apresurado de la exposición. En todo caso el asunto, considero, tiene su fundamento en los cambios de los paradigmas que dan sustento al conocimiento moderno, esto es, en la manera en cómo actualmente interpretamos al mundo y por lo mismo, en la manera en cómo nos estamos educando, independientemente del grado de desarrollo económico de las naciones.

Y quizá este sea el punto nodal: los servicios educativos están imponiendo modelos de conocimiento sin una verdadera visión crítica. Lo característico de la educación moderna radica en la especificación de los saberes en función de las necesidades productivas (habilidades y competencias), y no en el proceso mismo surgido de la curiosidad por indagar y conocer. Y ésta aseveración, por supuesto, no es un reclamo o solicitud fincada en una posición moral o nostálgica, sino que más bien se encuentra sustentada en la firme creencia que la formación humanista de los individuos constituye el hecho fundamental del buen desarrollo personal y de la estabilidad social. Creencia, que no sólo puede ser ilustrada, sino también comprobada por los saberes históricamente constituidos.

No es a partir del uso de los hombres como objetos repetitivos (a semejanza de la cadena industrial de producción masiva), sin claros signos de contraste e identidad, como la civilización continuará su marcha, sino en el desafío de restablecer mecanismos de aprendizaje que nos lleven por los caminos ya transitados de la comprensión, solidaridad y apaciguamiento del espíritu.