El séptimo objetivo

enero 13, 2011 en Artículos, Esmeralda García Ladrón de Guevara

No es sorprendente que garantizar la sostenibilidad del medio ambiente sea identificada como el séptimo de los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), especialmente cuando el daño provocado al ambiente se coloca como cómplice del deterioro en el bienestar de cada vez un número mayor de comunidades en el mundo.

Los esfuerzos internacionales en la materia comenzaron a ser más notables a partir de la década de los años 90. La asociación entre el medio ambiente y el desarrollo, la protección de bosques y la diversidad biológica, la atención al cambio climático y la desertificación, la atención hacia los recursos de los que nos proveen las selvas, ríos y mares, no sin olvidar la emisión de gases y el uso sostenible de energía, son ahora una constante.

Pero la preocupación por la protección al medio ambiente no es reciente, con motivo de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano celebrada en 1972, se inserta en los debates la relación entre actividades económicas y degradación medioambiental. A raíz de tales inquietudes, se crea el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), organismo internacional cuyo papel en materia de medio ambiente sigue siendo substancial.

El desarrollo sostenible ocupa nuevamente las agendas de los foros mundiales, Se suman a los trabajos del Milenio, metas sobre el acceso sostenible al agua potable, el saneamiento, la gestión de desechos, la planificación urbana y la promoción de un consumo y producción sostenible, recuperando el espíritu de la Cumbre para la Tierra de Río de Janeiro de hace casi un decenio, en donde se acordó procurar un desarrollo económico y social amigable con el medio ambiente bajo el principio de responsabilidad común pero diferenciada.

La incorporación de acciones a las políticas y a los programas nacionales es un compromiso que debe ir aparejado de una correcta aplicación y verificación. Una relativa mejora en el combate a la deforestación mundial se ve empañada con los retrocesos de pérdidas importantes en bosques de naciones en vía de desarrollo. Por su lado, las posturas oficiales de los países desarrollados ante la reducción de emisiones de dióxido de carbono se cuestionan ante el agresivo incremento sus cifras.

La ONU declara que los principales causales de la pérdida de la biodiversidad (alto consumo, pérdida de hábitat, especies invasivas, contaminación y cambio climático) no han sido enfrentadas con el rigor necesario. Es hasta que la humanidad no comprenda que el aumento de vulnerabilidad, e incluso, la amenaza de su existencia está relacionado con el equilibrio en el medio ambiente que desee hacer algo, aunque posiblemente ya sea demasiado tarde. ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo ver la asociación entre el daño ambiental y los índices de pobreza, hambre y problemas de salud?

Cada vez un número mayor de especies se extinguen, los cambios en los ecosistemas son más notorios, los problemas de acceso y calidad del agua se intensifican, la mitad de la población carece de servicios sanitarios básicos y los asentamientos informales son un cáncer mundial.

Indudablemente, la solución la tenemos los mismos que causamos el problema: nosotros. La realización de una planificación estratégica local y regional, la cimentación de capacidades, el acceso a tecnologías adecuadas, el compromiso comunitario, institucional y sectorial sostenido y la conciliación entre las prácticas tradicionales con las nuevas propuestas, representarán un avance sustancial para cumplir con los objetivos del milenio.