Calidad Democrática sin adjetivos.

diciembre 10, 2010 en Ángel Porfirio Romero González, Artículos

A mediados de los años ochentas, el historiador Enrique Krauze sacó a luz pública el concepto de “democracia sin adjetivos”, queriendo señalar con ello, la imperiosa necesidad de que nuestro país accediera a un nuevo orden institucional y a una cultura social que interiorizara y privilegiara las prácticas y procedimientos políticos de tiempo atrás implementados, casi de manera natural, por las naciones del occidente desarrollado.

El contexto político-social en el que Krauze impulsó esta idea (favorecida por la extravagante monta que en México le damos a la opinión de su intelligence), estaba caracterizado, no únicamente por la permanente crisis económica que no ha dejado de agobiarnos desde hace ya casi medio siglo, sino por su inédita intensidad, que en aquel entonces  -como para colmo de males-,iba acompañada por un vertiginoso proceso de descomposición político-institucional que desembocaría en la conformación de nuevas correlaciones de fuerza entre nuestras elites políticas y económicas.

La propuesta de Krauze, en todo caso, apuntaba a un sector político y social muy claro: aquel que había gozado tradicionalmente de los beneficios y privilegios socioeconómicos y culturales del México posrevolucionario; aquel sector de la sociedad, para el cual también su mentor, el entrañable Octavio Paz (y en una suerte de insondable coincidencia), había dirigido de forma precisa y luminosa las palabras de su Laberinto.

Que la enunciación democrática no fuera adjetivada, favorecía la ilusión de ajustar y garantizar las libertades políticas y civiles al pobre desarrollo político prevaleciente. De esta forma, la democracia aparecía como la pasarela mágica que auspiciaría la posibilidad de dirimir racional e institucionalmente los desencuentros y las insuficiencias políticas, económicas y sociales de nuestro país. Este discurso, por supuesto, era un delicado canto de sirenas para los destinatarios conservadores y liberales de toda laya, y una provocación para los iluminados luchadores sociales de nuestras izquierdas atrasadas, anquilosadas y pertrechadas ideológicamente todavía muchas de ellas -y no exagero-, en los vetustos axiomas de la Tercera Internacional.

Hoy por hoy, sin embargo, parece que de nueva cuenta regresa (no el deterioro económico, ése ya es consubstancial), la vieja polémica enfrascada entre los profetas de la igualdad y los caballeros de la justicia, pero envuelta bajo los nuevos ropajes conceptuales de sus “vanguardias” científicas. La moda contemporánea (redituable como siempre en el mercadeo de servicios de la razón), consiste en registrar, mediante la repetición de anteriores modelos teóricos y metodológicos, la construcción de indicadores que sustenten la viabilidad del liberalismo democrático.

La calidad democrática parte de la premisa de otorgar una desmedida importancia al diseño y respeto institucional de la democracia representativa y procedimental, es decir, exactamente lo mismo que se venía diciendo en México por lo menos con Krauze hace ya casi 25 años (o sesenta en Occidente, si pensamos en Karl Popper). Bueno, bueno, pero seamos un poco indulgentes: estos enredos y “superaciones” de los espíritus ilustrados, no hacen más que discutir lo que cualquier shopkeeper sabría sin tanta teoría: no puede hablarse de tránsito, de consolidación, de calidad y demás imaginaciones conceptuales emergidas del progreso de las academias si ni siquiera formamos parte del derrotero democrático.

Los referentes procedimentales pueden ser justificantes para la acción política; quizás también, pueden ser redituables para las cofradías parapetadas en la investigación científica social; incluso, pueden ser legitimadores de las soberanías empeñadas en mostrar su apego a los valores participativos y libertarios, pero no pueden ser referentes, en lo absoluto, del cúmulo de mexicanos iletrados, famélicos, ultrajados, hartos, desencantados o fallecidos que cubren de manera plácida el páramo nacional. El olvido de la realidad puede ser teóricamente refutado, no así el olvido de los seres de carne y hueso, infinidad de veces mancillados.