Estados fallidos y participaciones ciudadanas

octubre 29, 2010 en Ángel Porfirio Romero González, Artículos

De un tiempo para acá, se ha venido repitiendo de manera redundante y hasta el cansancio, tanto por la clase política, como por las organizaciones civiles y supuestos líderes de opinión en México, sobre la pertinencia de que la ciudadanía se inmiscuya de manera más activa y comprometida en los asuntos públicos actuales que evidencian claros signos de descomposición. El mensaje que irradia y envuelve el ámbito político social de nuestro país promueve, de manera nunca antes vista, la necesidad de intensificar la acción ciudadana en el esfuerzo de considerar, establecer juicios y adelantar ideas imaginativas, propositivas y eficaces, que respalden y abonen los trabajos gubernamentales por resolver la infinidad de dificultades sistémicas que aquejan al país y que lo mantienen al borde, al límite, de la ingobernabilidad.

Sin duda alguna esta noble aspiración de participar en la cosa pública (sólidamente fincada en el desencanto de la realidad huraña o en el entusiasmo desmedido por alcanzar sentido y pertenencia y que en ocasiones, raya en lo patológico), demostraría, por una parte, la exitosa campaña de exposición mediática auspiciada por el gobierno federal en su búsqueda por habilitar su ineficacia; al tiempo, que por la otra, la simpatía irrestricta (motivada por cualquier incentivo), de los individuos cosmopolitas ávidos de formar parte de los nuevos estándares globales que otorgan valor y prestigio a los procesos democratizadores.

 Para estas sociedades abiertas la participación ciudadana (las minorías que se vuelven mayorías), se convierte en el dispositivo idóneo para resolver desequilibrios de “tercera generación”  – que incluyen cuestiones ambientales, de equidad de género, de singularidad sexual, o de resguardo ecuménico de las diferencias confesionales, étnicas, físicas o genéticas, por señalar sólo algunos de los enunciados que recorren los pasillos sociales -.

Ello por supuesto, ha significado la transformación de los modelos sociales de las comunidades actuales: el paso de la centralidad del Estado como órgano representativo del orden y el progreso, al de la centralidad del individuo autogestor de sus necesidades y expectativas insatisfechas.

Lo anterior viene a cuento, porque durante los últimos años (particularmente durante la alternancia del poder en México), se ha suscitado la ilusión de que nosotros, los ciudadanos, debemos participar en la cosa pública pero de una manera paradójica: no a través del cumplimiento irrestricto del pacto enunciado constitucionalmente, sino mediante la falacia política de la resolución de los problemas de manera socialmente compartida.

El Estado fallido en México pasa por los signos de ingobernabilidad que asechan el escenario social y político ante la incapacidad de construir balances republicanos de poder; de edificar racionalmente estrategias de planeación económica no privilegiadas; de entender al poder, sus instituciones y recursos, como un encargo temporal; de transformar los procesos productivos en beneficio del hombre y su entorno; de otorgarnos condiciones de trabajo, hábitat, salubridad, y esparcimiento dignos y decorosos, y lo que quizás constituya lo más importante: cumplir con su tarea fundamental de proteger nuestras vidas y posesiones.

Resulta un falso dilema el optar por la acción ciudadana o recibir las consecuencias de la mala administración gubernamental. La buena fe, la solidaridad y el altruismo (o el miedo), de las buenas almas mexicanas, consientes y emprendedoras, ha sido motivo de tácticas políticas que desembocan ineluctablemente en una irracional incapacidad legitimada de las luchas políticas reales que se escenifican en nuestras onerosas y malogradas instituciones, y que en nada, pero en nada se emparentan con las carencias y expectativas de una población sacrificada, secuestrada y sedienta de orden y prosperidad  – pero también abrumada y cansada de los absurdos y sandeces de nuestra casta política-.

El desfase histórico institucional que nos envuelve y por el que deambulamos día tras día, debe ser consignado. Y el discurso oportunista de nuestra oligarquía política, auspiciado en los recientes referentes sociales occidentales, pulverizado por su carácter falaz y fantasmagórico.