La Declaración del Milenio

octubre 21, 2010 en Artículos, Esmeralda García Ladrón de Guevara

En el año 2000, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) emitió un documento conocido como Declaración del Milenio mismo que, además de reafirmar el compromiso de los países al respeto de los propósitos y principios de la Carta constitutiva de la ONU, reconoce la necesidad de construir tanto una responsabilidad colectiva como una internacionalización incluyente y equitativa.

A partir de esta propuesta, se han generado numerosas acciones entre las que podríamos destacar la planeación de los “Objetivos de Desarrollo del Milenio”. Pero, antes de la generación de actividades dirigidas a la lucha contra la pobreza, el hambre, la mortalidad y la mejora de la educación y la salud, deberíamos considerar los seis valores que la Declaración concibe como esenciales para enfrentar el siglo XXI que, de no atenderse, harían toda tarea inútil.

Mucho se ha debatido sobre la validez de los principios de universalidad bajo ambientes multiculturales en temas como Derechos Humanos. No obstante, la protección a la dignidad humana, la igualdad de derechos sin distinción de raza, sexo, idioma o religión han sido premisas constantes en numerosos instrumentos internacionales.

Las apreciaciones que pone a nuestra consideración la Declaración del Milenio, colocan a la libertad como primera en la lista, seguida de la igualdad, la solidaridad, la tolerancia, el respeto a la naturaleza y la responsabilidad común. Abordemos cada una de ellas y tratemos de enfatizar su importancia para la universalidad política, económica y/o social.

La libertad parte de la necesidad de establecer gobiernos democráticos con el ejercicio evidente de la voluntad popular. La ONU concibe a la libertad desde una perspectiva integral que permitiría a la humanidad vivir con dignidad, libres de violencia o injusticia. Por su parte, la igualdad supera las percepciones de género, propone una igualdad de beneficio del desarrollo entre naciones grandes y pequeñas, desarrolladas y en vías de desarrollo. La disminución de la brecha entre países pobres y ricos será un ejercicio que podría replicarse al interior de las fronteras.

La solidaridad es un valor que promueve la distribución equitativa y justa de las obligaciones para el combate de problemas mundiales, lo que implicaría una mayor participación de los más beneficiados. La adopción de frentes comunes ante problemas comunes reafirmaría la existencia de una sociedad internacional distinta a la de Guerra Fría.

La tolerancia entre los países es un rubro cobijado por el respeto entre los seres humanos sin distinción de creencias, culturas e idiomas. En definitiva, las diferencias deben verse como ventaja no como obstáculo. La no estigmatización de los estados y sus costumbres facilitaría acciones colectivas.

El respeto a la naturaleza invita a los países a la interacción cautelosa y sostenible con los recursos naturales, lo que significa el replanteamiento de las políticas de producción y consumo. Si bien, este llamado ha sido reiterado en los encuentros regionales e internacionales no ha tenido buena acogida entre los participantes más activos, obstaculizando cualquier posibilidad de logro. Finalmente, la responsabilidad compartida reitera la necesidad del trabajo conjunto en esferas de desarrollo económico y social.

La atención cabal a los valores fundamentales para el siglo XXI es inaplazable, de lo contrario estaremos corriendo antes de aprender a caminar.