Las Operaciones de Mantenimiento de la Paz

agosto 5, 2010 en Artículos, Esmeralda García Ladrón de Guevara

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha estado comprometida tradicionalmente con cuatro actividades dirigidas al control y la solución de los conflictos inter e intra estatales: la diplomacia preventiva, las misiones tanto para el establecimiento como para la consolidación y, el mantenimiento de la paz. Pese a la popularidad de estas últimas, su puesta en marcha se realiza por lo general, en sólo el 13% de los casos.

Las operaciones de mantenimiento de la paz (OMPs) encuentran cobijo jurídico en el conocido como capítulo seis y medio de la Carta Constitutiva de la ONU (artículos 36, 39, 42, 43, 47 y 48), pero no por ello su labor ha dejado de ser ampliamente cuestionada, ya sea por una apreciación confusa de sus atribuciones o por los fracasos en la consecución de la paz mundial.

Bajo el supuesto de que cada escenario es diferente, con necesidades distintas y por ende con procedimientos diferenciados, los retos que deben enfrentar las OMPs son numerosos. Autorizadas por el Consejo de Seguridad y ‘preferentemente’ con el consentimiento de las partes interesadas, las operaciones pueden incluir personal militar, policial y civil e involucrar labores diversas, como la observación, la supervisión o incluso la ejecución de acuerdos varios o el cese de hostilidades.

La recurrencia de conceptos como el ‘uso de la fuerza’, los ‘soldados de la paz’ o la ‘imposición de la paz’, asociados a las labores de los cascos azules, son verdaderamente inquietantes. Carl Pilowsky advierte la contradicción existente entre una lógica de paz y una de guerra al utilizar los mismos referentes en ambos supuestos. ¿Estaremos institucionalizando una doble moral al enfrentar la violencia con más violencia?

Proporcionar ayuda –intervenir-actuar-colaborar- de cualquier forma en zonas afectadas por un conflicto armado no es tan simple, todo conlleva una reacción o una consecuencia. Cuando se generan negociaciones con posiciones polarizadas, la agresividad es difícil de superar y las emociones –en lugar de las necesidades- dominan el panorama de los acuerdos. Asimismo, a la intervención puede otorgarse mensajes implícitos tales como la legitimidad de algún combatiente o el reforzamiento de la animadversión. La ayuda indiscriminada tampoco es la solución, ya que puede favorecer a grupos aún inclinados al enfrentamiento, haciéndolos más poderosos y peligrosos.

Según cifras del Banco Mundial, 4 de cada 10 países que han sufrido un evento bélico son reincidentes. Si a eso sumamos que en sólo el 41% de los conflictos sucedidos después de la guerra fría se ha conseguido un acuerdo de paz, se agrava aún más la expectativa de armonía dentro de la convivencia humana y de la calidad de vida de la misma.

La planeación de toda participación de rehabilitación post bélica debe hacerse con suma seriedad, transparencia y conocimiento del terreno. La paz no puede ser establecida por mandato así como la pobreza no puede desaparecer por decreto ni puede forzarse la democracia. La pretensión de construir ambientes de paz bajo estas condiciones generaría como hasta ahora escenarios coincidentes con una paz negativa, desde el punto de vista de Johan Galtung, lo que significa superar la violencia evidente pero mantener una violencia estructural en regiones vulnerables. De continuar así, podrán ganarse las guerras pero seguramente se perderá la paz.